septiembre 10, 2009

Una mañana algo bochornosa de principios de Septiembre.
El todavía estaba tendido sobre la cama, mientras ella la miraba sigilosa desde el poyete de la ventana. Llevaba los zapatos en la mano y la camisa aún desabrochada. Cogió su chaqueta de la silla, todo sin dejar de memorizar sus rasgos y cuando salió de la habitación, sintio como una garra fria aferraba su corazon, tirando de el hacia dentro de aquel dormitorio.
Corrió, durante casi veinte minutos corrio a algun lugar. Notaba como le ardían la garganta y los pulmones, y como su visión era cada vez más borrosa. Me asfixio, pensó, y se dejo caer sobre el asfalto. Había llegado otra frente a su casa. Algo la llamaba a entrar. Vio la ambulancia frente a la puerta y se sintio vacia. Grito con fuerza el nombre de ese chico. Con tanta fuerza como fue capaz. Y le lloró. Cada lágrima negra por el rimel que caia por su mejilla era una espina clavada en el alma. Y chilló, y chilló otra vez, Y UNA VEZ MÁS.
De repente alguien puso la mano sobre su hombro y ella como un animal asustado se arrastrro por el suelo lejos de el extraño.
Se incorporó y despacio, salvó la distancia que le separaba de ese hombre, lo abrazó con fuerza y noto como su corazon latia de nuevo. Como su alma se renovaba y como su vida volvia a tener sentido.

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Todo te da igual, cuando él

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