septiembre 11, 2009

Jamás había sentido algo tan intenso.


Esa mañana de noviembre llovia mucho, las fuerzas se me escapaban poco a poco y tu imagen no se esfumaba de mi cabeza. Las lagrimas me carcomían el alma y la calma no llegaba a mi corazón.

Ahora que tú no estás, me decia una y otra vez, dejaré de vivir. No quería un mundo en el que mi razón de existir no estuviese. Queria gritarle al mundo por haberme arrebatado lo que más amaba, pero eso no te haría volver.

Y recordé, que la eternidad y el paraiso eran para ti algo puro, algo en lo que debias creer para mantenerte vivo y recé, recé por ti. Cada vez que la luz del sol se escondia tras esas nubes notaba como mi subconsciente me abandonaba, para dar paso al dolor más inmenso que jamás se haya sentido.

Bajo un paraguas negro, en mitad del cementerio, quise rogarle al cielo que volvieras, que la luz te trajera de vuelta una mañana, para poder decirte por ultima vez cuanto te amaba.

Por más que he padecido, jamás, jamás, habia sentido algo tan intenso.

Y fue, como estar muerta en vida.

Y fue, como si mi corazón no sintiera cada latido.

Y fue, como si mis pulmones se llenaran de agua y no hubiese espacio para el oxigeno.

Y fue, peor que la misma muerte.

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Todo te da igual, cuando él

Todo te da igual, cuando él
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