septiembre 28, 2009

Encuentro.


Janett se sentó en el tejado fumandose un cigarrillo y escuchando la canción de Losing you.
Oh, que gran cancion... Es una de sus favoritas y la canta en voz baja mirando al horizonte.
'Por casualidad, tomó el camino equivocado. Iba distraída y cuando quiso darse cuenta ese chico, Paul, estaba justo frente a ella.
-¿Janette? ¿qué haces aquí chiquitina?
Su tono era realmente molesto. Ella lo miró con desdén e hizo un amago de darse la vuelta, pero la mano del chico se cerro alrededor de su brazo.
Irritada lo sacudió enérgicamente para deshacerse del roce de sus dedos.
-No vuelvas a ponerme tu maldita zarpa encima, Paul.
Con una sonrisa algo siniestra la acorraló contra la pared de la estación del lado sur.
-Niñita mal educada... ¿No te enseñó tu mamá que a las personas mayores se las habla de usted?
-Claro, Paul. Y también me enseñó como patear a bichos como tú. -escupió de mala gana.
Este, con expresión molesta recorrió el cuello de la pequeña Janette con los dedos, y agarrándola por la nuca con fuerza la atrajo hacia si para besarla excitado.
La niña no reaccionó al instante, con los ojos abiertos de par en par memorizaba los rasgos de aquel hombre. Mientras su cerebro le gritaba que se alejará de él, su corazón le suplicaba notar el cuerpo de Paul contra el suyo.
Finalmente, cuando los ojos de ambos se encontrarón, Jane mordió el labio del tipo tan fuerte como pudo, hasta hacerle sangrar.
-¿Se puede saber que coño haces?
-¡Eso mismo me preguntaba yo!
-Venga, no dramatices que te encanta, ¡Si me estabas clavando las uñas y todo, gatita!
-¿Las uñas? ¿Gatita? Lo único que te quiero clavar yo a ti es una aguja en la punta de la polla, flipado.
-Uy, pues si que te pongo ¿eh, reina?
-Dios, das asco...'

Era otro de sus encuentros con él. ¿Y si ese tipo tenía razón y había disfrutado con el beso?
Se quedó tumbada sobre las frías tejas con los ojos cerrados, pensando en que estaría haciendo Paul en ese instante.

A poco más de un kilómetro, el humo de un canuto se filtraba en los pulmones de un tío de no más de veinticinco años.
Se sentaba sobre una viga y apoyaba la espalda en una pared ligeramente inclinada.
Podía ver la luna desde allí, pero entre calada y calada, en su mente se dibujaba el recuerdo de un beso.
No era más que una cría, pero tenía la hablidad de hacerle enloquecer[...]

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Todo te da igual, cuando él

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