septiembre 08, 2009

Dos.

Escuchaba el choque de las gotas contra el cristal de la ventana.
La mesa puesta, velas en el centro y vino servido en las mejores copas que mis padres tenían.
El reloj avanzaba, una hora, dos, tres... Seguía sentada sola y ya daban las dos de la madrugada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pensé que esto podría hacerlo, cumplir la promesa de cenar conmigo esa noche. Él mismo había tenido la idea y me había vuelto a fallar.El ventanal que daba al jardín estaba ligeramente entornado, quise cerrarlo pero no tenía voluntad suficiente para levantarme. Vi una sombra y pensé que sería Jara, pero tenía la curiosidad quemándome la piel. Me levanté, por una extraña razón temblaba, podría decir que era el frío, pero hacía un calor tan bochornoso que me habrían tomado por loca o por enferma. Segundos más tarde me daría cuenta de que no se trataba solo de miedo, si no rabia, impotencia y sobre todo, asco.Mi mejor amiga estaba en la puerta trasera de mi casa, le decía que no entrara le decía. A veces, en casos como estos, uno se da cuenta de que la confianza no siempre da seguridad. Debí sentirme mal o traicionada, o ambas cosas, pero la ira empezaba a pasar factura dentro de mí. Llevaba un vestido de lino, los zapatos, seguían debajo de la mesa del comedor. El césped mojado bajo mis pies y esa atmósfera de frialdad que me cubría. A menos de veinte metros, sus labios se buscaban a tientas, mientras las manos temblorosas de uno guardaban el aroma del otro. Me adelanté a paso ligero, casi sin comprender porque lo hacía, mi mano cerrada en un puño se lanzaba empicada a su rostro menudo.Me giré, esta vez con el corazón encogido, sintiendo una leve quemazón en los nudillos de mi diestra y llorando silenciosamente mientras que él la abrazaba y me miraba con desprecio. Apagué las luces, cerré la puerta y a la luz de las velas caí al suelo desfallecida. Era mi cumpleaños.

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Todo te da igual, cuando él

Todo te da igual, cuando él
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