septiembre 20, 2009

Desperté de golpe, buscando el interruptor entre jadeos de angustia y noté sus brazos alrededor de mi cintura.
-shh Gin… Estoy aquí niña, estoy aquí.
Lágrimas confusas cegaron mi azulada mirada. Mientras, él depositaba un suave beso en mi clavícula, acariciándome la espalda con los dedos.
Me apoyé contra él, dejándome llevar por sus movimientos lentos. Me besa, tranquilo pero fogoso. Sabe que esa noche seré suya, lo nota. Yo lo sé, lo consiento.
Y poco a poco va cobrando vida. Sus manos. Su boca. Me acaricia lenta y levemente. Yo, ruborizada, me dejo hacer. Recorre mi cuello con la lengua, bajando lentamente por mi pecho desnudo, clavando sus dedos en mis caderas, excitado. Acaricia mi vientre con efusividad, escondiendo su mirada tras unos párpados relajados mientras besa mis labios, saboreándome. Susurra palabras bonitas. Oh, sí. Me dice lo hermosa que me veo e intenta demostrar un amor intenso, penetrante. Me siento grandiosa por estar a su lado. Como si solo existiera en el mundo por él. Tal como éramos, nos amamos aquella noche, con todo el ímpetu que albergaba en nuestro organismo.
Y a la luz de la lamparita de noche y del primer amanecer, se derrumbó agotado sobre mí, pegados por mil moléculas de sudor. Mezclando nuestra esencia e intentando recuperar el aliento. Acariciaba su pelo mientras sus manos hacían figuras sobre mis muslos, haciéndome sonreír.
Agotados. Al cabo de un rato, dormidos. Así, abrazados, desprovistos de ropa, mientras un pequeño hilo de color carmín manchaba ligeramente las sábanas. Dando lugar a Gin, la de Jota, Haciéndonos parte al uno del otro. A Jota, el de Gin.

Hablando de una primera vez.

G.

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Todo te da igual, cuando él

Todo te da igual, cuando él
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